Marea
La marea en el delta, la marea en el camino en la ciudad, la memoria y la marea. Hospitalidad. Mi mamá, Aurora y el rio. Un viajero del tiempo y los ciclos de la vida.
El otro día tenía que ir a lo de Julian, salíamos muy temprano a Rosario y me tomé el 93 que me lleva hasta su casa. Cuando llegó a Chacarita, el chofer avisó que terminaba ahí y nos dejó justo en la esquina de Lacroze y Corrientes. Calculé el tiempo caminando hasta su casa, vi que llegaba bien, tenía que estar a las 8, y me puse a caminar.
A los segundos, tras girar en la esquina, miré dentro de la pizzería Imperio, y vi a Luis, el encargado, al que conozco de cuando hacíamos la maratón de la pizza. Entré a saludarlo, mientras pensaba que si me quedaba un rato iba a llegar tarde y que Julián me esperaba, pero quería saludarlo, y me gusta volver a entrar ahí, me lleva a esas largadas de la maratón, al corte de pizza, a la euforia de la gente.
En una de las paredes hay, colgada y enmarcada, una de las remeras rojas de las primeras ediciones. Luis me contó que él también guarda algunas.
Ni bien Luis me vio sonrió desde atrás del mostrador donde está la caja, y nos metimos en una charla que debe haber durado 5, 7 minutos. Me ofreció un café, le dije que sí pero de parado porque me estaban esperando, me recomendó un proveedor de muzzarella, me preguntó por que no hacíamos más la maratón.
Hablamos de cómo estaba el trabajo, me presentó a una chica que trabajaba junto a él que estaba hacia unos años y aprendía muy bien, que el tenia que buscar enseñarle a alguien para cuando él no esté.
“Yo ahora quiero ser mozo, hice todo acá, empecé limpiando baños y pasé por todos lados, pero mozo no porque un jefe me dijo que era muy petiso y no servía porque iba a chocar la bandeja con la gente”, me dijo. Me contó también que el otro día vio a un mozo, una de las 65 personas que me contó que trabajan en Imperio, petiso, que chocó la bandeja y que pensó que su jefe tenía razón. Pero igual quería ser mozo.
Le señalé un cartel pegado junto a la caja, con las fechas y las bandas o artistas que se presentan en el Movistar. Me contó que según quien toca ve la producción que hace y cuando pasa la fecha va tachando lo que ya pasó. Él sabrá cómo come la gente del Duki o de Ciro y los Persas.
Cuando me fui, mientras caminaba me mandé al YO en el whastapp cosas de la charla, para escribir algo acá. Contento, por el encuentro y la charla, por la posibilidad de hacer algo con lo que hice, aunque sea en palabras y memoria.
Y acá vine, donde había elegido fotos de hacia unos días en el delta. Había escrito Marea, con la foto que está acá arriba. Cuando la saqué iba caminando a comprar unas cervezas a 10 casas de donde estábamos, esquivando partes del camino inundadas por la marea. Pensaba escribir del delta y terminé hablando de la ciudad.
Pero pensé en ese momento, el agua, el camino, el rio y el 93, al que me subí sabiendo donde quería que me lleve pero sin confirmar donde me iba a dejar, mi alegría al verlo a Luis, el tener referencias casuales para parar a saludar, el tesoro de la charla banal, el cariño en el recuerdo cuando se hizo algo con el otro, para el otro, la urgencia de llegar a tiempo pero tampoco tanta y esa marea de gente hambreada saliendo de un show, para la que Luis estuvo pensando cuanto tener, para que no falte, para que el negocio funcione, para que el Imperio siga ahí.
Y sus ganas de ser eso que no lo dejaron cuando ya aprendió todo lo otro.
Ese libro me lo regaló Agustin, amigo y socio fundador de La Fuerza, y lo escribió Danny Meyer, un gastronómico que abrió varios lugares en Nueva York. Habla mucho de la hospitalidad como centro de sus proyectos y lo resume así: “Virtually nothing else is as important as how one is made to feel in any business transaction. Hospitality exists when you believe the other person is on your side. The converse is just as true. Hospitality is present when something happens for you. It is absent when something happens to you”
El otro día fui a almorzar con Nico Castro, colega gastronómico con el que forjé una linda relación de encontrarnos en la barra de Doppel. De visita en Buenos Aires, ahora vive en Mallorca, fuimos a almorzar a La Ventanita de Anafe con él y Vicente, que me había acompañado a trabajar. Vicente me venía pidiendo manteca de cacao pero no había ninguna farmacia cerca. Le pregunté si podía estar un rato más, que después de almorzar íbamos a buscar una.
Mientras esperábamos a Nicolas, estaba molesto y le ofrecí ir antes. Me acerqué a la barra y pregunté si conocían alguna farmacia cerca. Me indicaron la que yo conocía, a unas 5 cuadras. Volví a la mesa y Vicente me dijo que aguantaba. Un par de minutos después se acercó una cocinera, con un pequeño recipiente de cerámica. Nos dijo que tenía nibs de manteca de cacao, que ellos los usaban en pastelería pero que iba a servir porque a veces los usaban para lo mismo que necesitaba Vicente. Nos dejó eso en la mesa y volvió a la cocina.
Para que eso suceda hubo 2, 3 personas que encadenaron lo que yo llevé como una pregunta para dar una solución. Cuando eso pasa es bello, es un hallazgo. Es algo que se recuerda.
Durantes los días que pasamos en el delta, Vicente, Aurora y algunos de sus primos se metieron cada día, varias veces en el rio. Casi el único lugar donde querían estar. En ese lugar del delta, arroyo Antequera cerca del Paraná de las Palmas, el agua es fresca cuando baja, pesada en la creciente, brillante en algunas horas. Los chicos, bañandose, son manchas que se mueven, agitan y ocultan en el marrón del agua. Son parte de algo que está vivo, tiene vida, historia, aura. Todo lo que una pileta no tiene.
A la vuelta, en la lancha colectiva nos pidieron ir adelante. Mi mamá se sentó al lado mio, con Aurora entre nosotros. Fueron hablando durante el viaje. El ruido del agua a nuestras espaldas, el motor en el centro, las conversaciones encajonadas en la lancha. Escuché algunas de las conversaciones, pero no era lo importante. Era esa conexión, ese rio entre ellas, en ellas, con ellas.
Le saqué varias fotos, esta es una, donde me pareció bello el gesto, sus caras, también el arco que forman con los dos hombres que nos llevaban, ellos también parte del rio.
Mi mamá y Ernesto, su marido, pusieron hace unos meses en venta la casa del Delta. La tienen hace unos 10 años. Después de varios meses recibieron una oferta y decidieron rechazarla. Justo unos días después que estuvimos mi mamá, él y 3 de los 4 hermanos con nuestros hijos ahí.
Ese fin de semana hablamos con nuestras hermanas para pensar una forma de sostener la casa, que no se tenga que vender. Desde un lado, hay que poner plata todos los meses, y lo más complejo, hacerse cargo de las cosas que se necesiten hacer. Dinero y tiempo. Me vi hablando de la complejidad de eso, de que creía que justamente era lo más difícil, ponernos de acuerdo, hacer acuerdos, lograr que las cosas funcionen. Toda esa burocracia, ese manual de gestión que te dice qué es recomendable y qué no.
Me vi dejando la casa, perdiendo ese lugar, por un argumento práctico, por eficiencia, por la evaluación de riesgos. Me vi lejos del rio, de la marea, de esa memoria.
Unos días después la persona que estaba con la venta mandó este mensaje
Me acorde de un día en que estábamos en la orilla y vimos venir nadando un hombre por el medio del rio. En un momento paró de nadar, alzó las manos para llamar nuestra atención y pidió acercarse a la orilla. Le dijimos que se acerque.
Salió del agua y nos dijo que esa casa fue de su familia, que pasó muchos años, que una vez la quiso alquilar para poder habitarla de nuevo. Que quería volver a sus lugares.
Hoy creo que fue alguien que vino del pasado, un viajero en el tiempo que salió del rio como salen los que son parte de él pata decirnos eso.
En nosotros estará elegir y hacer. Siempre lo más dificil. También lo único que importa.
Gracias por leer





